COLEGIO CONCERTADO DESDE INFANTIL HASTA BACHILLERATO
COLEGIO "LA INMACULADA"
Virgen del Cole

NUESTRO FUNDADOR: SIMÓN LÓPEZ SANZ

Fundador de las Misioneras Seculares de Jesús Obrero (1955)
    Espíritu humilde, modelo de nobleza y de bondad, celoso y fiel Fundador, ilusionado y apostólico, D. Simón López Sanz fue un sacerdote de corazón ardiente, enamorado de la santidad Nada en su vida brilló tanto como el deseo de que todos los hombres conocieran y amaran a Jesús y vivieran en conformidad con su mensaje de salvación.
    Sus brillantes estudios, culminados con tres doctorados, le ponían en la plataforma de misiones gloriosas a los ojos humanos. Le abrían las puertas de los triunfos en la tierra y en la sociedad Incluso le ofrecían el brillo en la Iglesia, si hubiera elegido el renombre entre los hombres.
    Mas prefirió Don Simón vivir el carisma sacerdotal grabado con el fuego del amor divino en lo más profundo de su mente y de su voluntad Desde el comienzo de su sacerdocio comprendió con claridad que lo importante es hallarse cerca de Dios y hacer que todos los hombres se entreguen a las exigencias del Reino de Jesús. Por eso se elevó por encima de sus triunfos humanos y de sus brillantes éxitos académicos y se dedicó a la tarea humilde y silenciosa de una Parroquia. Lo hizo con admirable tacto y con muchos amor.
    A los veinte años de su sacerdocio, y nombrado responsable de una Parroquia obrera llena de necesidades y de posibilidades, descubrió de cerca el mundo de los trabajadores. Para ellos ordenó en adelante su vida pastoral. Yen el trabajo de cada día pasó otros treinta años seguidos, sin descanso y con ilusión siempre renovada, entregado a cuantos esfuerzos le dictaba su corazón de oro.
    Esos treinta años fueron el termómetro de su fortaleza y fidelidad. Sabía sembrar a su alrededor multitud de iniciativas apostólicas. No le asustaban ni las carencias de medios ni los obstáculos de todo tipo que le salían al paso. Su amor a Dios y a los hombres era tal que jamás se escondió ante quien necesitaba su palabra sacerdotal, su gesto de alMo humano, su reproche en ocasiones.
        - Pero sus preferidos fueron los pobres, los sufrientes y los niños. Desde sus años juveniles conservó predilección por los jóvenes y los obreros. Supo como pocos lo fácil que resulta sembrar el mensaje de .Jesús en ellos. Lo aprendió siendo capellán de las Hijas de la Cruz. Y por eso cultivó con amor este ideal, convirtiéndolo en fuente y motor de muchas iniciativas.
        - También supo lo que eran los nuevos tiempos y el valor decisivo que tenían los seglares en un mundo en donde el trabajo endurece, en donde los cambios hacen a los hombres móviles y en donde los obstáculos suscitan las reivindicaciones y reclaman caminos para progresar y para vivir en actitud de renovación permanente.
        - Por eso se esforzó con habilidad para despertar y consolidar la conciencia bautismal entre los seglares. Y para ello organizó con sabiduría el "Instituto Secular de las Misioneras de Jesús Obrero'; con sensibilidad a los nuevos tiempos y con sentido de servicio a los ambientes vinculados al mundo del trabajo.
    Su mensaje permanente se centró en la importancia que tiene la entrega a Dios.
    Convencido de que Dios pide el esfuerzo y no el triunfo, a todos quiso contagiar con su inagotable amor divino. Por eso siempre invitaba a sus muchos dirigidos y, sobre todo, a los miembros de su Institución, a la que tanto amó, a que hicieran todo lo que Dios les pedía, pues eso era la santidad para él.
    Corazón dulce por naturaleza, compasivo y generoso sin medida, ponía el sello de su sonrisa inmutable en todo lo que tocaba con el don de su presencia. Allí donde D. Simón aparecía, se vislumbraba la llegada del mismo Jesús, cuyas palabras evangélicas af/oraban sin cesar en sus labios.
    Los muchos trabajos debilitaron su corazón. Hombre sufrido, recio y heroico en el sacrificio, recibió la llamada de Dios cuando se reponía en las costas del Mediterráneo de los últimos ataques cardíacos con que Dios le preparó para su definitiva recompensa. Y aquel corazón sacerdotal, que tanto amó a los hombres, dejó de latir un día según las leyes de la vida terrena para iniciar el latido eterno de la paz divina.